El
Río Chirripó Atlántico nace en el lugar
más alto del país, el Parque Nacional Chirripó.
En su recorrido hacia el mar, el río atraviesa uno de los
cañones mas profundos de América, además es
uno de los ríos mas caudalosos de la Vertiente Atlántica.
La
expedición consistía en navegar los rápidos
del río desde su punto de acceso más alto, en las
faldas de la vertiente atlántica de las montañas
del Chirripó, hasta el puente de la autopista Braulio Carrillo,
en tres días.
Este viaje no era el típico, pues entrar al cañón
del Chirripó Atlántico ya son palabras mayores. Implica
armar un equipo de kayakeros hábiles en correr aguas clase
5 que puedan negociar los rápidos del cañón
con plena confianza. Esta expedición requiere de un compromiso,
pues una vez que uno pone el kayak a flote ya no hay marcha atrás,
hay que remar durante tres días unos 30km aproximados de
rápidos clase 4 y 5 dentro de un cañón tan
cerrado que no tiene salida hasta llegar al final.
El equipo de
kayakeros que se apuntaron al viaje estuvo muy internacional: un
joven noruego totalmente loco que nunca se le quitaba la sonrisa
que tenía en la cara (aún en los rápidos más
difíciles), dos excelentes kayakeros norteamericanos y la
kayakera Melissa Newell de Colorado. Era la primera vez en mis
10 años de kayakear, que compartía una expedición
clase 5 con otra mujer, las dos estábamos felices de tener
apoyo femenino entre tanta testosterona! La delegación tica
fue representada por Ferdinan Steinvorth, sin discusión
el mejor kayakero extremo del país. Jorge Esquivel, otro
tico extremo que se pasa todo el año (todos los años)
remando en países como Argentina, Chile, Perú, EEUU,
Nueva Zelanda, África, etc., mi esposo Rafa Colmenares,
aventurero de puro corazón, siempre listo para cualquier
expedición que le pongan en frente, el peruano-tico Matías
Flores, fotógrafo oficial del viaje (no es tarea fácil
remar con una cámara en un kayak cargado con equipo de supervivencia
para 3 días) y yo, plenamente feliz de estar en uno de los
lugares mas hermosos del país con mi kayak y mis compas
lejos de toda civilización aunque fuera por solo tres días.
El
viaje comenzó en Turrialba donde nos montamos todos
en dos camiones y nos fuimos hacia las faldas de la Cordillera
de Talamanca rumbo a Grano de Oro, un pueblo donde los rótulos
de la pulpe y el centro comunal están escritos en Cabécar.
Cada indígena que nos cruzábamos en el camino se
quedaba curioseando aquellas "naves espaciales" hechas de plásticos
de todos los colores.
Muy poco después de pasar Grano de Oro, llegamos a Quetzal.
Este lugar es literalmente el final del camino; la frontera entre
el mundo moderno de calles, carros, fincas, hombres blancos, y
el bosque virgen tropical lluvioso hogar de miles de indígenas
Cabécar y, mas hacia el sur, de los Bri-Bri. Es la Costa
Rica como era hace mil años o más, tierra de sus
nativos hasta donde alcanza ver el ojo.
Hay un sentimiento especial
cuando uno sabe que va a tener el privilegio de poder pasar por
ahí y ver lo que muy poca
gente ve. Creo que era esto los que nos motivaba a cada uno de
nosotros. Iba mucho mas allá de la búsqueda de adrenalina.
En
Quetzal, bajamos los kayaks y empacamos lo que faltaba del equipo.
Todo lo que cada uno necesitaba para sobrevivir por tres días
entraba en una pequeña bolsa seca. Después
de revisar que todos tuviéramos el equipo completo: kayaks,
remos, chalecos, equipo de rescate, cuerdas, etc. el camión
nos dejó y quedamos completamente a nuestra suerte. Por
delante, una caminata de dos horas cuesta abajo por un sendero
hasta llegar a la orilla del gran Chirripó Atlántico.
La
caminata fue dura, todos caminamos con botines de río
o chancletas cargados de equipo, a veces arrastrando el kayak,
a veces cargándolo y a veces simplemente los tirábamos
cuesta abajo hasta que un árbol los frenaba. De vez en cuando
pasábamos enfrente de un rancho indígena donde salían
muchos niños a ver todo lo que traíamos. Esto fue
una de las experiencias mas lindas del viaje, compartir con los
Cabécares de la zona y ver como viven.
Cuando llegamos a
la orilla comenzó el ritual de acomodar
el kayak, pues todo el peso tiene que ir estratégicamente
colocado para que el bote no se desbalancee a la hora de flotar.
El
primer día de remo era el más fácil pues
el río pasa por un valle muy abierto con la mayoría
de rápidos clase 3 y con algunos 4, perfecto para calentar
y acostumbrarse al comportamiento de un kayak pesado que se hace
más lento en reaccionar y trasladarse de un lado a otro.
También fue el día de remo más corto, tres
horas y media pasando por una buena cantidad de chozas y puentes
de hamaca y algunos indígenas que nunca en su vida habían
visto seres humanos desplazarse por el agua como hacíamos
nosotros. Fue el escenario perfecto para empezar la expedición.
Con
un buen trabajo en equipo de darnos soporte en varios rápidos
técnicos y una buena sesión de fotos y video, terminamos
la kayakeada con éxito justo en el lugar mas apropiado para
hacer el primer campamento. Según el mapa estábamos
en los últimos lugares del valle donde el río tiene
buena orilla, alta para acampar sin ningún temor de que
se nos suba el río y nos arrastre mientras dormíamos.
Sabíamos que estábamos muy cerca de la entrada del
cañón, podíamos ver las paredes verticales
que se levantaban a unos escasos 100 metros del campamento. También
interpretamos, viendo nuestro mapa, que ese cañón
era muy estrecho, muy profundo y con mucha pendiente, eso en lenguaje
kayakero significa "rápidos muy difíciles"...
La noche
fue mágica, secos, bajo las estrellas, una fogatita
para calentarse, comida caliente y amigos compartiendo las experiencias
del día.
A
las 5 de la mañana, del gran día 2, en el que
nos tocaba kayakear los 8 km del cañón clase 5, las
mariposas en mi estómago se encargaron de no dejarme seguir
durmiendo. Lo que si había que esperar era que la mañana
calentara un poco para que nos dieran ganas de ponernos el equipo
mojado y meternos en agua muy fría. Pero tampoco se podía
esperar mucho, cada momento sin lluvia se tenía que aprovechar
para no correr el riesgo de que el río subiera de nivel
a medio camino.
Este cañón es conocido por los pocos kayakeros que
lo han atravesado como "Tierra de Gigantes" debido al tamaño
de las piedras que se encuentran en los rápidos y a las
paredes tan altas y verticales que lo encierran. No pasaron ni
cinco minutos después de que los remos tocaron agua ese
día, cuando llegamos a la entrada del cañón.
Este lugar es impresionante, dos montañas se elevan a cada
lado del río y justo donde las paredes se alzan hay dos
cataratas que caen en cada uno de esos lados. A la derecha la catarata
del Río Tina y a la izquierda la catarata del Río
Katsi uniéndose al Chirripo Atlántico en el mismo
punto ¡Era como estar en un cuento de hadas kayakistico!
Apenas
cruzamos las puertas del Tina-Katsi la adrenalina empezó a
correr por nuestras venas, el agua ya no se sentía fría,
la concentración y los músculos en la máxima
atención. Remar un bote cargado de equipo es muy diferente
a lo que estábamos acostumbrados, añadirle a eso
la cero posibilidad de evacuar a pie ese cañón, agregaban
la dificultad de cada rápido. No había mucho campo
para cometer errores, no se podía perder, ni quebrar nada
del equipo, la única salida de este cañón
era remando.

Con eso en mente, todo el día kayakeamos considerando las
máximas medidas de seguridad. En los rápidos difíciles,
parábamos en la orilla y analizábamos todas las rutas
posibles, los lugares de peligro y las piedras donde nos podíamos
posicionar con la cuerda de rescate por si alguien necesitaba ayuda.
Y así fue como fuimos avanzando por la Tierra de Gigantes
con éxito. El día estuvo maravilloso, el cielo estaba
azul, el sol iluminaba el cañón, el sentimiento del
equipo de estar en conexión total con el lugar y con los
rápidos. ¡No se puede pedir mas!
Los ocho kilómetros del cañón nos tomó todo
el día, las paredes poco a poco se empezaron a abrir y aunque
los rápidos seguían muy intensos, con mayor frecuencia
aparecían lugares un poco mas calmados. Después de
un día de tanta adrenalina y momentos intensos, el campamento
fue algo bien recibido. Todos satisfechos, felices e inspirados
de encontrarnos en el lugar donde estábamos.
El tercer día, por fin sentíamos los kayaks un poco
más livianos, los rápidos de la primera parte de
la mañana estuvieron emocionantes. Seguían las paradas
frecuentes antes de correr para ver y planear la ruta, caídas
altas y rápidos largos que requerían de muchas maniobras
fuertes.
Esta última parte del recorrido fue una de las vistas mas
lindas: cerros altos con bosques vírgenes y vistas de hermosas
cataratas que caen directo al río, que ya se había
convertido en un tranquilo recorrido clase 3 y nos dio la oportunidad
de prestarle más atención al paisaje. Mis sentimientos
eran de total gratitud, de tener la oportunidad de vivir este tipo
de experiencia y también de alivio de que todo lo difícil
estaba atrás y todo había salido bien.
Hacia el final
de la tarde vimos el puente, el final, donde la autopista Braulio
Carrillo cruza el río y donde nos estaban esperando
los camiones para traernos de vuelta al mundo real. Estábamos
listos para comer un buen casado, brindar con una fría y a
planear la próxima remada. |